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Actualizado: 23 abr 2023


De Historia de Roma por Theodor Mommsen. Garding, Dinamarca -actual Alemania-, 1817. Premio Nobel de Literatura en 1902. De sus célebres frases destaca: "El gran problema del hombre, cómo vivir conscientemente en armonía consigo mismo, con el prójimo y con el conjunto al que pertenece, admite tantas soluciones como provincias hay en el reino de nuestro Padre; y es en esto, y no en la esfera material, donde los individuos y las naciones manifiestan sus divergencias de carácter." Fuente: Historia de Roma por Theodor Mommsen. Tomo I. Traducción de Alejo García Moreno. Aguilar S.A. Ediciones. Sexta Edición 1965. Páginas 21 y siguientes. Fotografía: Colosseo. Paolo Costa Baldi.


Tiene el mar Interior muchos brazos que penetran hasta muy adentro en el continente, haciendo de aquel el más vasto de los golfos oceánicos. Ora se recoge y estrecha entre las islas o las opuestas puntas de los salientes promontorios; ora ensancha y se extiende a manera de una sábana inmensa, sirviendo a la vez de límites y de lazo de unión entre las tres partes del mundo antiguo. En derredor de este gran golfo han venido a establecerse pueblos de diversas razas, si se los considera solo desde el punto de vista de su lengua y de su procedencia, pero que, históricamente hablando, no constituyen más que un solo sistema. La civilización de los pueblos que habitaron las costas del Mediterráneo, en ese período llamado impropiamente Historia antigua, hace pasar ante nuestras miradas, dividida en cuatro grandes períodos, la historia de la raza copta o egipcia, al Sur; la de la nación aramea o siríaca, que ocupa la parte oriental y penetra en el interior del Asia hasta las orillas del Éufrates y el Tigris; y, en fin, la historia de esos dos pueblos gemelos, los helenos y los italiotas, situados en las riberas europeas del referido mar. Cada una de ellas tuvo, sin duda, su principio en otros ciclos históricos, en otros campos de estudio; pero muy pronto emprendieron su camino y lo siguieron separadamente. En cuanto a las naciones de razas extrañas, o emparentadas con las anteriores, que aparecen diseminadas alrededor de este golfo extenso: bereberes y negros, en África; árabes, persas e indios, en Asia, y celtas y germanos, en Europa, han venido a chocar muchas veces con los pueblos mediterráneos, sin darles ni recibir de ellos los caracteres de sus progresos respectivos. Y si bien es verdad que jamás se acaba el ciclo de una civilización, no puede negarse tampoco el mérito de una perfecta unidad a aquella en que brillaron frente a frente los nombres de Tebas y de Cártago, de Atenas y de Roma. Hay aquí cuatro pueblos que, no contentos con haber terminado cada uno de por sí su grandiosa carrera, se han transmitido, además, por numerosos cambios, y perfeccionándolos cada día, todos los elementos más ricos y más vivos de la cultura humana, hasta que realizaron por completo la revolución de sus destinos. Levantáronse entonces nuevas familias que aún no habían llegado a las fértiles regiones mediterráneas sino como las olas que vienen a morir sobre la playa . Extendiéronse por ambas riberas. Separóse en este momento la costa sur de la del norte, en los hechos de la Historia; y, cambiando de centro la civilización, abandonó el mar Interior para trasladarse a las inmediaciones del Atlántico. Termina la Historia antigua y comienza la moderna, pero no solo en el orden de los accidentes y de las fechas, sino que se abre otra muy distinta época de la civilización, si bien enlazada por muchos puntos con la que ha desaparecido o está en decadencia en los estados mediterráneos, como esta se había enlazado, en otro tiempo, con la antigua cultura indogermánica. Esta nueva civilización tendrá también su propia carrera y sus destinos propios, y hará que experimenten los pueblos felicidades y sufrimientos; con ella franquearán todavía las edades del crecimiento, de la madurez y de la decrepitud; los trabajos y las alegrías del alumbramiento, en religión, en política y en arte; con ella gozarán sus riquezas adquiridas, así en el orden material como en el orden moral, hasta que lleguen también, quizá al día siguiente de cumplido su fin, al agotamiento de la savia fecunda y la languidez de la saciedad. No importa; este fin no es, a su vez, más que un período breve de descanso; y si, por más que sea grande, ha recorrido ya su círculo, la Humanidad no se detiene por eso; se la cree al fin de su carrera, cuando la están ya solicitando una idea más elevada y nuevos y más extensos horizontes y vuelve a abrirse ante ella su misión primitiva.


El objeto de esta obra es el último acto del drama de la historia general de la antigüedad. Vamos a exponer en ella la historia de la Península situada entre las otras dos prolongaciones del continente septentrional que se adelanta por medio de las aguas del Mediterráneo. Está formada Italia por una poderosa cordillera que parte del estribo de los Alpes occidentales y se dirige hacia el Sur. El Apenino (tal es su nombre) corre primero hacia el Sudeste, entre dos golfos del mar Interior, uno más ancho al Oeste y otro más estrecho al Oriente, y hasta llega a tocar las riberas de este último por los macizos montañosos de los Abruzos, en donde alcanza su mayor altura y se eleva casi a la línea de nieves perpetuas. Después de los Abruzos se divide la cadena, siempre única y elevada, hacia el Sur; luego se deprime y desparrama en un macizo compuesto de colinas cónicas, separándose, por último, en dos eslabones, poco elevado el uno, que se dirige hacia el Sudeste; poco escarpado el otro, que va derecho al Sur, y termina por ambos lados en dos estrechas penínsulas. Las llanuras del Norte, entre los Alpes y el Apenino, continúan hasta los Abruzos. Geográficamente hablando, y hasta muy tarde en lo tocante a la Historia, no pertenecen dichas llanuras al sistema de ese país de montañas y colinas, a esa Italia propiamente dicha, cuyos destinos vamos a referir. En efecto, hasta el siglo VII de la fundación de Roma no fue incorporada al territorio de la República la parte situada entre Sinigaglia y Rímini (Sena-Gallica y Ariminum); el valle del Po no fue conquistado hasta el siglo VIII. La antigua frontera de Italia no era, por el Norte, los Alpes, sino el Apenino. Este no forma en ninguna parte una arista pelada y alta, sino que cubre, por el contrario, el país con su ancho macizo; sus valles y sus mesetas se enlazan por pasos apacibles, ofreciendo así a la población un terreno cómodo. En cuanto a las faldas y llanuras que hay delante de la montaña, así al Sur y al Este como al Oeste, su disposición es aún más favorable. Al Oriente, sin embargo, forma una excepción la Apulia, con su suelo aplanado, uniforme y árido; con su playa sin golfos, cerrada como está al Norte por las montañas de los Abruzos, e interrumpida, además, por el pelado islote del Monte-Gárgano (Garganus mons). Pero entre las dos penínsulas en que termina al Sur la cadena del Apenino se extiende, hasta el vértice de su ángulo, un país bajo, húmedo y fértil, si bien termina en una costa en que son muy raros los puertos. Por último, la costa occidental se enlaza a un país ancho que surcan importantes ríos, como el Tíber, por ejemplo, y que se han disputado desde tiempo inmemorial las olas y los volcanes. Encuéntranse allí numerosas colinas y valles, puertos e islas. Allí están la Etruria, el Lacio y la Campania, ese núcleo de Italia; después, al sur de la Campania, desaparece la playa y termina la montaña en el mar Tirreno como cortada a pico. Por último, así como Grecia tiene su Peloponeso, Italia confina también con Sicilia, la más bella y la más grande de las islas del Mediterráneo, montuosa y a veces estéril en el interior, pero que la rodea, por la parte del Sur y del Este especialmente, una ancha y rica zona de tierras casi enteramente volcánicas. Y así como sus montañas no son sino la continuación de la cadena del Apenino, de la que solo la separa un estrecho (la fractura, Rhegium o Reggio); así como ha desempeñado un papel importante en la historia de Italia, así también el Peloponeso ha formado parte de Grecia y ha servido de arena a las revoluciones de las razas helénicas, cuya civilización ha sido allí un día tan esplendente como en la Grecia meridional. La península itálica goza de un clima sano y templado, semejante al de Grecia; el aire es puro en sus montañas y en casi todos sus valles y llanuras. Sus costas no están dispuestas tan felizmente; no confinan con un mar poblado de islas, como el que hizo de los helenos un pueblo de marinos. Italia, en cambio, la aventaja en extensas llanuras surcadas de ríos; los estribos y laderas de sus montañas son más fértiles, están siempre cubiertos de verdura y se prestan mejor a la agricultura y a la cría de ganados. Es, en fin, semejante a Grecia, por ser una bella región, propicia siempre a la actividad del hombre, recompensándole su trabajo, abriendo al espíritu aventurero lejanas y fáciles salidas y dando a los menos ambiciosos satisfacciones sencillas y duraderas. Pero mientras que la península griega tiene vuelta su vista hacia Oriente, Italia mira hacia Occidente. Las riberas menos importantes del Epiro y de la Acarnania son a Grecia lo que a Italia las costas de Apulia y Mesapia; allí, el Atica y Macedonia, esos dos nobles campos de la Historia, se dirigen hacia el Este; aquí, Etruria, el Lacio y la Campania están situados al Oeste. Así, pues, estos dos países vecinos y hermanos se vuelven recíprocamente la espalda; y aunque a simple vista pueden percibirse desde Otranto los montes Acroceraunios, no es en el mar Adriático, que baña sus riberas fronterizas, donde se han encontrado estos dos pueblos; sus relaciones se han establecido y concentrado en otro camino muy diferente; ¡nueva e incontrastable prueba de la influencia de la constitución física del suelo sobre la vocación ulterior de los pueblos! Las dos grandes razas que ha producido la civilización del mundo antiguo han proyectado sus sombras y esparcido sus semillas en opuestas direcciones.


No solamente vamos a narrar la historia de Roma, sino la de toda Italia. Consultando solo las apariencias del derecho político externo, parece que la ciudad de Roma ha conquistado primero Italia y después el mundo. No sucede lo mismo cuando se penetra hasta el fondo de los secretos de la Historia. Lo que se llama la dominación de Roma sobre Italia es más bien la reunión de un solo Estado de todas las razas itálicas, entre las que los romanos son, sin duda, los más poderosos, pero sin dejar de ser por eso una rama del tronco primitivo común. La historia itálica se divide en dos grandes períodos: el que llega hasta la unión de todos los italianos bajo la hegemonía de la raza latina, o la historia itálica interior, y el de la dominación de Italia sobre el mundo. Debemos, pues, referir el establecimiento de los pueblos itálicos en la Península: los peligros que corrió su existencia nacional y política, su parcial sujeción a pueblos de otro origen y de otra civilización, tales como los griegos y los etruscos; sus insurrecciones contra el extranjero; el aniquilamiento o la sumisión de este; por último, la lucha de las dos razas principales, latina y samnita, por el dominio de Italia, y la victoria de los latinos a finales del siglo IV antes de Jesucristo, o del V de la fundación de Roma. Estos acontecimientos ocuparán los dos primeros libros de esta historia. Las guerras púnicas abren el segundo período, que comprende los rápidos e irresistibles progresos de la dominación romana hasta las fronteras naturales de Italia, luego mucho más allá de estas fronteras; y, por último, después del largo statu quo del Imperio, viene la caída de aquel colosal edificio. Los libros terceros y siguientes estarán consagrados al relato de estos grandiosos acontecimientos.

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